“Los accidentes mortales eran frecuentes”. Con crudeza y la naturaleza de los hechos, la historia de la aviación reconoce que los inicios de este campo de conocimiento comenzaron a los tropiezos. Sin embargo, hoy las máquinas que vuelan salvan vidas y representan el medio de transporte más seguro de todos.

La historia de la aviación reconoce como hito fundamental el vuelo de los hermanos Wright en diciembre de 1903. Durante 12 segundos un objeto construido por hombre estuvo sostenido en el aire. Los humanos habían creado una máquina que podía ser semejante a los pájaros, una obsesión que llevaba miles de páginas escritas en fantasías y mitologías, se hacía realidad. Pero volar en los primeros años era viajar en aviones construidos con madera y tela. Tenían cabinas abiertas o parcialmente protegidas. Eran máquinas ruidosas, con muchas vibraciones y lentas. Prácticamente no había posibilidades de evitar las sorpresas del clima y los instrumentos de navegación eran tan rudimentarios que era mejor confiar en la vista y experiencia de cada piloto.

Así fue volar durante más de 20 años, una actividad librada al impulso de los valientes y de quienes podían solventar el avance tecnológico para perfeccionar máquinas que parecían llegadas de otro planeta. Hasta mediados de los años veinte, en la aviación norteamericana prácticamente no había normas para viajar por el cielo y la seguridad dependía casi exclusivamente de los fabricantes, pilotos y operadores. Por eso, el índice de accidentes y muertes era elevado, pero había un consenso: volar era peligroso.

Como los experimentos aéreos necesitaban fondos para consolidarse como negocio, los líderes de una nueva industria comercial acordaron que había que generar confianza en el público para atraer inversión. Esa impronta se materializó con la Ley de Comercio Aéreo (Air Commerce Act), promulgada por el presidente norteamericano Calvin Coolidge en 1926. El objetivo de dicha norma era certificar la navegabilidad de los aviones, licenciar a los pilotos, emitir reglas de tráfico aéreo y designar controladores que regulen el comercio privado. Puesta en marcha la ley, las muertes comenzaron a disminuir y el negocio a expandirse.

El otro momento histórico de la aviación moderna se conoce como el Convenio de Chicago, un acuerdo firmado por 52 países a finales de 1944 en una conferencia celebrada en plena Segunda Guerra Mundial. Hasta ese momento las regulaciones eran dictadas por cada país y el tráfico aéreo internacional ya era una realidad. Este acuerdo sentó las bases para el transporte aéreo global seguro, ordenado y bajo principios de igualdad de oportunidades, estableciendo normas uniformes que permitieran conectar internacionalmente a los países. En dicho evento se creó la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), una agencia especializada destinada a supervisar y coordinar la cooperación aérea a nivel global. Esta entidad estableció las bases de la seguridad aérea con normas claras para el reconocimiento de licencias, certificados de aeronavegabilidad entre Estados, la uniformidad de las reglas del aire, el derecho a inspeccionar aeronaves extranjeras y la obligación de investigar los accidentes.

Un breve recorrido sobre la historia de la regulación de los aviones puede darnos algunas pautas para pensar cómo las tecnologías de alto impacto no se vuelven seguras de un día para otro. La seguridad se construyó mediante capas sucesivas de regulación y hoy nos subimos a un avión sin pensar en esta cronología. Los accidentes aéreos enseñaron que las normas no podían estar en manos de los fabricantes y pilotos. El comercio aéreo como lo conocemos no podría haber existido sin normas como la Ley de Comercio Aéreo. La confianza se construyó a partir de acuerdos.

En los últimos días expertos, empresarios y jefes de Estados relacionaron la palabra muerte o apocalipsis con la inteligencia artificial. Los debates sobre auditorías independientes, evaluación de modelos, ciberseguridad, reporte de incidentes y supervisión gubernamental pueden entenderse como intentos de construir esas primeras capas de seguridad antes de que los sistemas sean peligrosos o peor aún, incontrolables.

Pasaron solo algunos meses desde que nacieron los agentes de IA que hoy están en la mira de los expertos. A diferencia de los aviones, esta tecnología tiene la capacidad de actuar de manera autónoma y tomar decisiones que escapan a sus creadores. En este escenario, la evaluación realizada exclusivamente por la empresa que desarrolla el modelo podría resultar insuficiente, como ya aprendimos con la historia de la aviación

El inconveniente con la IA es que no tenemos décadas para pensar en su seguridad y regulación. Tampoco podemos esperar eventos de gravedad como accidentes mortales para “corregir” errores. La coordinación internacional es necesaria como lo fue el Convenio de Chicago porque estamos ante un despliegue global que bate cualquier récord de velocidad.

Más allá de las predicciones sobre un eventual fin del mundo, la discusión más interesante que se podría construir en torno a la IA es institucional. No alcanza con buenas intenciones o advertencias de los CEOs de compañías porque no está todavía establecido quién establece los estándares, quién verifica que se cumplan, quién investiga los incidentes y qué nivel de autonomía debería permitirse a sistemas cada vez más capaces. La historia nos enseña que la seguridad y la confianza se construyeron con mayor transparencia y seguramente será la mejor vía para que la IA se convierta en una tecnología que realmente nos ayude, nos conecte y cambie este mundo como lo hicieron, de verdad, los aviones hace más de 100 años.